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EL INC. PRONUNCIA UN NO SABER RADICAL
MERONI Maria del Carmen
No ha habido jamás satisfacción inicial de la pulsión,
que recorre su circuito configurando el cuerpo humano en el campo del
Sujeto. No hay otro cuerpo posible si esos circuitos no se imprimen. La
extracción de una Demanda del campo que será campo del Otro
no puede ser eludida.
Tampoco es posible que ese circuito logre una satisfacción que
no reproduzca su propio desequilibrio. Freud escribe en 1915: La presión
es constante, la fuente no se cancela, el objeto siempre podría
no ser. No es posible mirar mirándose al mismo tiempo los propios
ojos, no es posible besar besándose al mismo tiempo los propios
labios, no es posible apoderarse de alguna cosa sino interpretando ineludiblemente
lo que ha sido dicho acerca del modo de apoderarse de los miembros de
un cuerpo que entonces será llamado "propio".
La Demanda del Otro en el campo del Sujeto es construída por Lacan
sobre la tesis del masoquismo erógeno primitivo a la que Freud
llega en 1924, masoquismo que ya es, para Freud, una construcción
del Sujeto apoyada en la inermidad original del organismo humano. Lacan
pone en ella de relieve la satisfacción siempre insuficiente en
el campo del Otro para abarcar la razón de la diferencia de los
sexos (cuestión planteada por Freud en Más Allá del
Principio del Placer), y sobreimprime este relieve a los inconvenientes
que se encuentran en el texto metapsicológico sobre las Pulsiones
(¿dónde están esos ojos que miran, si no coinciden
con lo que es dado a ver?, ¿por qué querría la musculatura
dominar esos miembros de un cuerpo?), texto cinco años anterior
a la formulación de la Pulsión de Muerte, que puede ser
leída entonces como la repetición de una falta que recuerda
la existencia del campo del Otro, construída como falla cada vez,
en el intento de colmarla.
La pulsión como gramática de la Demanda (la gramática
de una lengua es lo que hace que ésta no sea un conjunto inarticulado
de palabras) sólo puede formularse leyendo como nadie antes de
Lacan lo había hecho, al Freud de 1920-24 aplicado sobre el Freud
de 1915, y hasta el de 1905 en los Tres Ensayos.
El Otro inabarcable porque no es Todo (la pasión del significante
que no cesa), y el "a" siempre inasible (no hay circulación
erógena que lo capte por completo), son dos de los elementos producidos
por Lacan que no están en Freud, pero que no existen sin Freud.
Ahora bien, ¿ qué ha ganado el psicoanálisis, con
todo esto?. ¿De qué operación, de qué herramienta,
no disponíamos los psicoanalistas antes de que Lacan avanzara en
este punto desde Freud, mas allá de Freud?.
Anticipo entonces una tesis clínica: lo que es imposible pretender
reencontrar porque nunca fue encontrado, lo que el Inc. cifra como representación
de una falla en el encuentro con el Otro, y el circuito erógeno
de las pulsiones reitera como satisfacción insuficiente, es muy
distinto si queda tratado como el infortunio que con la angustia de castración
y la envidia del pene siempre se tratará de anular, es decir como
el Destino mismo de la neurosis, que si la misma cosa es abordada como
la posibilidad de construir el reconocimiento de una hendidura radical,
reconocimiento que podría detener la pasión con que se empecina
el Sujeto del complejo de castración freudiano.
Si la pulsión es Pulsión de Muerte (hallazgo sólo
posible por el salto de Lacan sobre Freud desde 1920-24 hacia 1915 y más
atrás aún), entonces la insistencia significante en el desencuentro
que el deseo promueve y también reclama para no desfallecer, y
la reiteración del recorrido de la pulsión, insuficiente
para capturar el objeto que se construye en su circuito, podrían
tomar el valor de preciosa herramienta y no de impedimento desdichado
(tal como cree, por su parte, el neurótico).
Un breve relato intentará mostrar la incidencia clínica
de esta lectura.
Se trata de una mujer en análisis, de unos cuarenta años,
que está casada (para ambos es el segundo matrimonio) con un hombre
que aparece para ella como un tramposo, mentiroso crónico, al que
ella nunca logra desenmascarar, él disimula, esconde, se evade
(amantes, dinero, etc.). Es un economista ligado en aquel momento de Argentina
al gobierno del presidente Menem, de quien era muy difundida la fama de
trampa, estafa y corrupción sin precedentes que su gobierno y él
mismo exhibían en la escena pública, situación particularmente
chocante para esta mujer que militaba en el partido del gobierno. El padre
de ella había sido peronista: Perón fundó en 1945
el Movimiento político que el presidente Menem encabezaba por entonces.
Un peronista "histórico" de las épocas de gloria
del peronismo, su padre era admirador incondicional de la "viveza"
genial de Perón para quedar bien con los obreros oprimidos y los
militares conservadores al mismo tiempo (en una posguerra de esplendor
económico para el capitalismo en Argentina, hay que aclarar).
Frecuentemente, el fantasma de la viveza inagotable no funcionaba tan
bien: cuando los padres no podían pagar la cuenta del almacén
que debían, la mandaban a ella a pedir más "crédito"
y ella evitaba, siempre que podía, pasar por ese almacén
haciendo un largo rodeo para cubrir su vergüenza por el padre que
recuerda vívidamente. Es, por supuesto, una experta en apariencias:
pelucas, pestañas postizas, uñas decoradas.
La madre de esta mujer podía mostrarse encantadora y divertida,
el alma de las fiestas, había sido actriz de joven y contaba anécdotas
de su infancia trashumante por varios países (los padres eran actores
de circo), historias que nunca se sabía hasta qué punto
estaban "adornadas", o directamente inventadas, pero esta madre
también tenía depresiones severas, días enteros en
la cama no se sabía muy bien por qué, y entonces la casa
entera era un cuerpo desordenado. Nada tenía un lugar fijo, salvo
la abuela materna de mi paciente (que vivía con ellos). Esta abuela
permanentemente enferma en la cama de su habitación, la única
habitación ordenada y adornada con alfombra y cuadros, "parece"
(mi paciente era una niña de seis años) que un día
tomó demasiados tranquilizantes juntos, quizás por error,
y se mató. Había papeles escritos, cartas (¿quizá
una carta póstuma que revelaba todo?, ella no sabe, nunca preguntó),
pero su madre, la hija de esta anciana, destruyó todo eso.
Así las cosas, aquella niña hoy en sus cuarenta años,
casada con el economista tramposo, descubre de manera inevitable (a pesar
de todos sus esfuerzos para no averiguar, confundirse, y que el tramposo
siga "inimputable" como ella decía) , que este hombre
había invertido 300.000 dólares, que administraba para un
amigo de confianza, en operaciones financieras en Méjico, que el
efecto Tequila había licuado meses atrás ese dinero y él
no le había dicho al amigo que su dinero no existía más
y que no había modo de reponerlo rápidamente. El amigo,
sin saber nada, acababa de comprar una propiedad contando con ese dinero,
y lo necesitaba para pagarla. Irrumpe en su casa indignado y ella no tiene
más remedio que enterarse.
No enterarse del ocultamiento y la mentira intencional acerca de lo que
él sabía muy bien, se le revela a esta mujer como configuración
de su pasión de la ignorancia. Pero se trata hasta aquí
de ocultamiento y mentira. La indignación catártica anuncia
la angustia que no tarda en llegar. Lo acosa, lo hostiga, lo vigila, quiere
más. Si la madre no hubiera quemado los papeles de la abuela, todo
se entendería. Su impotencia y su furia son inagotables. El hombre,
inerte, no responde nada.
Ahora bien, ocurre poco tiempo después que el hijo del primer matrimonio
del tramposo (que tiene unos catorce años), nacido con una disfunción
cardíaca, debe someterse a una operación correctora. En
los estudios prequirúrgicos, se analiza el grupo sanguíneo
del chico, y del padre y la madre (el mentiroso y su ex mujer) como posibles
donantes de sangre. Mi paciente acompaña al mentiroso a recibir
los resultados de esos análisis de sangre (de rutina) y allí
ocurre la siguiente escena: la enfermera, confundida y sin saber que decir,
entrega los análisis de padre, madre e hijo, y mi paciente (que
algo ha estudiado de ese tema), guiada por la cara de la enfermera, se
da cuenta de que los análisis de sangre son incompatibles: de los
grupos sanguíneos de esos dos adultos es imposible que se produzca
el grupo sanguíneo de ese niño. Él mentiroso no se
da cuenta de nada: ni de los datos de la sangre, ni del estupor de mi
paciente, ni de la incomodidad de la enfermera que intenta decir frases
y las corta por la mitad. El junta los papeles, los pone en una carpeta
y ambos se van.
Deducción inmediata de ella: si el niño y el padre creen
que este hombre es el padre biológico, y eso no es verdad, es porque
la madre mintió. Ella está segura de que en este caso él
no miente sino que "no sabe" nada. Apoyándose en algunos
rasgos personales de esta mujer (cierta promiscuidad sexual que fue motivo
de divorcio), ella está segura de que la madre del chico sabe todo
desde el principio y lo ocultó todo el tiempo. Si ella dice lo
que "sabe", teme destruir a este hombre con la noticia devastadora,
y no puede hacer otra cosa más que callar, doblemente impotente
y furiosa, ahora además sosteniendo la "mentira" de la
otra.
Al poco tiempo de esto, pero alrededor de ocho o nueve meses después
del escándalo anterior con los dólares de Méjico,
la salud de mi paciente empieza a deteriorarse. Tiene diarreas y fiebre
imparables, adelgaza visiblemente, los índices clínicos
dan señales de caos (sangre, orina, materia fecal), el hígado
no funciona, se le cae el pelo, se le agrieta la piel. Mide más
de 1,70m y baja de casi 60 kg a 40 en dos meses.
Los varios médicos consultados durante esas semanas, empiezan a
buscar un cáncer linfático, o de hígado, o de páncreas
(que suelen ser procesos de curso rápido y muy mal pronóstico).
En el medio de esta especie de marasmo corporal que la acompañaba
a sus sesiones, con consultas médicas incordinadas entre sí
y estudios que ella dejaba transcurrir lentamente para lo rápido
que avanzaba su deterioro físico, le indico consultar sin más
demora a un conocido gastroenterólogo, que la interna en el servicio
del hospital universitario que él dirige. El también sospechó
un cáncer, pero la internación hacía posible estudios
coordinados y veloces. La visito diariamente. Sostengo con presencia y
paciencia el curso de los días de internación en los que
ni ella, ni yo, ni el famoso profesor en quien yo confiaba, sabíamos
si ella podría sobrevivir.
Cuando los signos del cáncer buscado no aparecen en los estudios,
este médico realiza las pruebas enzimáticas adecuadas y
diagnostica la eclosión tardía (¡a los cuarenta años!)
de una enfermedad celíaca que está produciendo un desastre
en la metabolización de alimentos y en la flora intestinal en particular.
La eclosión tardía es rarísima, la enfermedad (que
es genética, pero la experiencia médica le otorga factores
predisponentes y elementos desencadenantes), se suele manifestar en los
bebés, nunca más tarde del año de vida. En su estado
ya casi no metabolizaba alimentos.
Se trata ahora de hidratarla, alimentarla por vía venosa e indicarle
una dieta rigurosa para celíacos, que deberá mantener mientras
sea necesario, no es seguro que por el resto de su vida. Se empieza a
reponer rápidamente.
¿Qué pasó entonces con el análisis?
Propongo la lectura de un efecto: en el terreno (del que ella disponía)
de su interpelación al saber médico acerca del cuerpo ingobernable
y arbitrario de una mujer, en el marco de la transferencia (también
interpelada por su cuerpo quebrado), la indicación de esa consulta
inmediata por parte de la analista, y el hallazgo contingente de una enfermedad
tratable, ocasionaron un trabajo del Inc., que produjo una interpretación
de los hechos que pudo ser puesta de relieve en el análisis.
En lapsus reiterados en una sesión de su convalecencia, corregidos
por ella cada vez, el nombre del gastroenterólogo con una letra
alterada se transforma en "Cindor". En Argentina, "Cindor"
es desde hace muchos años, el conocido nombre de una popular leche
chocolatada para los niños. Ese alimento del que deberá
privarse, inscribe en el campo típicamente nutricio del Otro materno,
que no es por fuerza devastador el hecho de que ciertamente algunas veces
es imposible saber lo que ocurre dentro del cuerpo de una mujer. "Cindor",
lugar al que el Inc. en transferencia la envía, remarca que, allí,
no se puede "desde el principio saber todo". Un borde de Real
cernido por el lapsus, ya no es lo mismo que una "mentira".
En efecto, la mentira remite a un saber entero que al Otro no le falta
en absoluto, lo cual es muy distinto a no saber, y más aún,
a que sea imposible saber. Si una mujer tiene el hábito de cierta
promiscuidad sexual, ¿esto prueba que "sabía"
del origen biológico del niño o precisamente que podía
muy bien, por eso mismo, no saber?. Un cosa es ocultar lo que se sabe,
y otra muy distinta es haber ocultado la existencia de una falta de saber.
El infortunio edípico, para una mujer su certeza desdichada de
no tener (en este caso, un saber posible), porque se lo han negado o quitado,
se convierte aquí en interpelación al analista al modo del
acting-out, pero justamente allí se inscribe un desencuentro en
el presunto saber del Otro materno, según ese fantasma, sobre vida,
muerte y sexo. Fantasma del saber y su correlato de "mentira",
que afecta también al partenaire varón con quien ella puede,
llegado el caso, identificarse como su semejante, o interpelar sin fin
como su Otro.
La agotadora tenacidad en la búsqueda impotente de la verdad oculta
tras las mentiras, podría tener para esta mujer, cuando haya sido
subrayada las veces necesarias la interpretación del Inc. en la
que el Otro no sabe todo, una salida distinta que el destino de reiteración
crónica de la versión femenina del complejo de castración
freudiano.
El Inc., cuya insistencia no está al servicio del Principio del
Placer, repite y sostiene la representación de una hiancia que
la diferencia de los sexos hace incolmable, y articula el recorrido de
la satisfacción siempre insuficiente que la demanda pulsional construye
en un cuerpo. Le debemos a Lacan (más allá de Freud, y no
sin Freud) el hecho de que sea posible orientar los análisis sobre
esa vía.
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